Capítulo Dos

La Naturaleza del Hombre

"Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza."

Así comienza la historia. No con polvo, no con barro, no con materia inerte—sino con una declaración de parentesco. El ser humano, antes de recibir forma, ya estaba destinado a reflejar algo de su Creador.

¿Qué significa ser hecho a imagen de Dios?

Los teólogos han debatido durante siglos. Algunos dicen que es la razón—la capacidad de pensar, planificar, crear. Otros dicen que es la moral—el sentido innato del bien y del mal, la consciencia que nos acusa o nos defiende. Otros más señalan la relacionalidad—así como Dios existe en comunión, nosotros fuimos hechos para el encuentro con otros.

Quizás es todo eso. Quizás es algo más simple: fuimos hechos con capacidad para lo infinito. Eclesiastés lo dice así: "Dios ha puesto eternidad en el corazón del hombre." Hay algo en nosotros que no se conforma con lo finito, que anhela lo que no puede nombrar, que busca sin saber exactamente qué busca.

Esta es la gloria de la condición humana. Pero no es toda la historia.

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"Todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios," escribió Pablo a los Romanos. Y en otro lugar: "Engañoso es el corazón más que todas las cosas." La misma tradición que proclama nuestra dignidad también reconoce nuestra oscuridad. Somos imagen de Dios, sí—pero imagen empañada, distorsionada, en necesidad de restauración.

¿Cómo pueden ser ciertas ambas cosas al mismo tiempo?

Quizás porque no somos una cosa ni la otra. Somos ambas. Somos el campo de batalla donde la luz y la oscuridad se encuentran. Somos la arena donde se libra una guerra que nadie más puede pelear por nosotros.

Pablo describió esta guerra con una honestidad que todavía estremece:

"No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?"

Este no es el lamento de un pecador descuidado. Es el grito de alguien profundamente consciente de la división interior. Pablo ve dos leyes en guerra dentro de sí: una que se deleita en Dios, otra que arrastra hacia lo que él mismo aborrece.

¿Quién no ha sentido esto?

Queremos ser pacientes, y perdemos la paciencia. Queremos ser generosos, y nos sorprendemos calculando. Queremos amar sin condiciones, y descubrimos las condiciones que habíamos escondido. Hay un abismo entre lo que queremos ser y lo que hacemos. Entre la imagen que tenemos de nosotros mismos y la persona que aparece en los momentos de presión.

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La doctrina tradicional llama a esto depravación—la corrupción de la naturaleza humana por el pecado. Y hay verdad en ello. Algo está roto. Algo no funciona como debería.

Pero hay otra forma de mirar esta condición.

¿Y si la división interior no fuera solo el resultado de una caída, sino también la condición necesaria para una elección real? ¿Y si la guerra entre las dos leyes fuera precisamente el terreno donde se forja algo que no podría existir de otra manera?

Imagina un ser que solo pudiera elegir el bien. No porque lo quisiera, sino porque no tuviera acceso a ninguna otra opción. ¿Sería virtuoso? ¿O simplemente limitado? El bien que se elige cuando el mal es imposible no es el mismo bien que se elige cuando el mal está al alcance de la mano.

La dignidad de la elección humana radica precisamente en que ambos caminos están abiertos. Podemos amar o podemos usar. Podemos servir o podemos dominar. Podemos abrirnos o podemos cerrarnos. La oscuridad en nosotros no es simplemente un defecto—es la sombra que hace posible que nuestra luz signifique algo.

Esto no es excusa para el mal. Es reconocimiento de que el bien elegido libremente tiene un peso que el bien automático no puede tener.

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Jesús mismo, según los relatos, enfrentó tentaciones reales. En el desierto, se le ofreció poder, gloria, dominio. Si no hubiera podido elegir esos caminos, las tentaciones habrían sido teatro vacío. Fueron reales porque él era plenamente humano—con todo el potencial para la luz y para la oscuridad que eso implica.

La tradición tiende a separar a la humanidad en dos categorías: los buenos y los malos, los salvos y los perdidos, los justos y los pecadores. Pero la línea entre el bien y el mal no pasa entre personas. Pasa por el centro de cada corazón humano.

No eres una persona buena que a veces hace cosas malas. No eres una persona mala que a veces hace cosas buenas. Eres un ser completo—con acceso al círculo completo de posibilidades humanas. Es por tus elecciones, repetidas día tras día, que defines quién estás llegando a ser.

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Esta es la condición de la existencia humana. Caminamos en un lugar donde ambos caminos son viables, donde la luz no es obvia y la oscuridad no es repulsiva, donde debemos elegir sin certeza y actuar sin garantías.

El olvido del que hablamos en el capítulo anterior intensifica todo esto. No recordamos nuestra naturaleza más profunda. No vemos la unidad que subyace a la aparente separación. El bien y el mal parecen opciones igualmente disponibles, igualmente atractivas según el momento y la circunstancia.

Esta intensidad es agotadora. También es el crisol donde se forja el carácter eterno.

Pablo preguntó: "¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?" Y él mismo respondió: "Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro." La liberación existe. Pero no es liberación de la condición humana—es liberación dentro de ella. No es escapar del campo de batalla—es encontrar la fuerza para elegir bien en medio de la guerra.

Los que no eligen—los que comen y beben y se divierten sin comprometerse con nada, sin orientar el corazón hacia ningún lado—esos son los que más ayuda necesitan. No porque sean malos, sino porque están desperdiciando la oportunidad única que esta vida representa. El indiferente no pierde nada excepto todo.

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La invitación no es a dejar de ser humano. Es a ser plenamente humano—con toda la gloria y todo el riesgo que eso conlleva. Es a reconocer la imagen de Dios en nosotros sin negar la oscuridad que también habita ahí. Es a elegir, cada día, en cada encuentro, en cada decisión pequeña, hacia qué lado inclinamos el corazón.

Porque eso es lo que somos: seres de elección. No ángeles incapaces de caer. No demonios incapaces de elevarse. Sino criaturas en el medio, en el lugar donde la elección importa, donde el amor puede elegirse o rechazarse, donde lo que hacemos con nuestra libertad determina lo que llegamos a ser.

La eternidad ha sido puesta en nuestro corazón. Pero qué hacemos con ella—eso queda en nuestras manos.