Doctrinas

Capítulo 1: La Caída

Capítulo 1: La Caída

El jardín era perfecto. El hombre y la mujer caminaban con Dios en el fresco del día. No había vergüenza, no había miedo, no había separación. Estaban desnudos y no lo sabían. Hablaban con su Creador como quien habla con un amigo.

Entonces comieron del árbol.

Los ojos se abrieron. Se vieron desnudos. Se cubrieron. La voz que antes era compañía se volvió juicio. Se escondieron entre los árboles. Fueron expulsados al este del Edén, y un querubín con espada de fuego guardó el camino al árbol de la vida.

Así cuenta Génesis la entrada del sufrimiento al mundo. Una desobediencia. Una caída. Una puerta que se cierra.

Pero ¿qué fue exactamente lo que perdieron?

Antes del fruto, caminaban con Dios. Después, se escondieron de su voz. Antes, no había vergüenza. Después, se cubrieron. Antes, pertenecían al jardín. Después, fueron extranjeros en una tierra de espinos y sudor.

Lo que perdieron fue la consciencia de estar en casa. Olvidaron que eran parte del todo. Se experimentaron, por primera vez, como separados—de Dios, del jardín, el uno del otro, de sí mismos.

Y desde entonces, toda la historia humana ha sido el intento de volver.

Los salmos cantan esta nostalgia: "Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía." Los profetas llaman al pueblo a regresar. Jesús cuenta la historia de un hijo que abandona la casa del padre y termina comiendo con los cerdos, hasta que un día "vuelve en sí" y emprende el camino de regreso. El padre lo ve de lejos y corre a su encuentro.

La historia de la caída es la historia del olvido. La historia de la redención es la historia del recuerdo.


Pero hay una pregunta que rara vez se hace: ¿por qué fue necesario olvidar?

Un niño que nace no recuerda de dónde viene. No recuerda el vientre, ni lo que había antes del vientre. Llega al mundo sin memoria, y eso no es tragedia. Es la condición que hace posible descubrir, asombrarse, aprender a amar por primera vez lo que en realidad siempre ha amado.

Imagina un juego donde ya conoces todas las respuestas. No hay tensión, no hay búsqueda, no hay alegría en el descubrimiento. ¿Qué mérito tendría elegir el bien si el mal fuera obviamente absurdo? ¿Qué valor tendría la fe si todo fuera visible?

El olvido crea el espacio donde la elección tiene peso.

Si pudieras ver claramente que cada persona es tú mismo con otro rostro, que cada daño que haces te lo haces a ti, que la separación es ilusión—¿dónde estaría el desafío de amar a tu enemigo? ¿Dónde estaría el acto de fe de perdonar a quien te ha herido?

El jardín era perfecto, pero en el jardín no había elección real. No había fe porque todo era visible. No había coraje porque no había oscuridad. El amor existía, pero no había sido probado, forjado, elegido contra toda apariencia.

Adán y Eva no cayeron hacia abajo. Cayeron hacia adentro—hacia la experiencia de ser individuos aparentemente separados del todo. Entraron en el gran olvido que hace posible el gran despertar.


Esta es la condición humana. Caminamos en lo que un salmista llamó "valle de sombra de muerte"—no porque Dios nos haya abandonado, sino porque el valle es el único lugar donde podemos aprender a confiar sin ver. La oscuridad no es castigo. Es el aula.

Pablo escribió que ahora "vemos por espejo, oscuramente", pero que un día veremos "cara a cara". Ahora conocemos en parte; entonces conoceremos como somos conocidos. El velo que nos separa de la plena consciencia no es permanente. Es la condición temporal que hace posible el aprendizaje que vinimos a hacer.

¿Y cuál es ese aprendizaje? El mismo que Jesús resumió: amar. Amar en medio de la confusión. Amar sin garantías. Amar cuando todo en el mundo parece indicar que estamos solos, separados, abandonados.

El amor elegido en la oscuridad es más precioso que el amor que simplemente fluye en la luz. La fe sostenida sin pruebas forja algo que la certeza no puede crear. La compasión extendida hacia quien parece ser "otro" desarrolla capacidades que enriquecen la creación entera.

El olvido no es el problema. Es la solución a un problema que no sabíamos que existía: ¿cómo puede el Creador conocerse a sí mismo? ¿Cómo puede el amor elegirse a sí mismo? ¿Cómo puede la unidad experimentar el gozo del reencuentro si nunca hubo separación?


El querubín no guarda el árbol de la vida para castigarnos. Lo guarda hasta que estemos listos. El camino de regreso existe. Siempre existió.

El hijo pródigo no fue rechazado cuando volvió. El padre corrió a su encuentro, lo vistió con el mejor manto, puso un anillo en su mano, preparó un banquete. No hubo reproche. Solo alegría: "Este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado."

La caída no es el final de la historia. Es el comienzo.

Porque solo quien ha olvidado puede tener el gozo de recordar. Solo quien se ha perdido puede ser encontrado. Solo quien ha caminado en el valle de sombras puede conocer el alivio de la luz.

Y la luz espera. Siempre ha esperado. Paciente como un padre en el umbral, mirando el camino por donde el hijo se fue, sabiendo que un día—un día—volverá en sí, y emprenderá el regreso.

Capítulo 2: La Naturaleza del Hombre

Capítulo 2: La Naturaleza del Hombre

"Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza."

Así comienza la historia. No con polvo, no con barro, no con materia inerte—sino con una declaración de parentesco. El ser humano, antes de recibir forma, ya estaba destinado a reflejar algo de su Creador.

¿Qué significa ser hecho a imagen de Dios?

Los teólogos han debatido durante siglos. Algunos dicen que es la razón—la capacidad de pensar, planificar, crear. Otros dicen que es la moral—el sentido innato del bien y del mal, la consciencia que nos acusa o nos defiende. Otros más señalan la relacionalidad—así como Dios existe en comunión, nosotros fuimos hechos para el encuentro con otros.

Quizás es todo eso. Quizás es algo más simple: fuimos hechos con capacidad para lo infinito. Eclesiastés lo dice así: "Dios ha puesto eternidad en el corazón del hombre." Hay algo en nosotros que no se conforma con lo finito, que anhela lo que no puede nombrar, que busca sin saber exactamente qué busca.

Esta es la gloria de la condición humana. Pero no es toda la historia.


"Todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios," escribió Pablo a los Romanos. Y en otro lugar: "Engañoso es el corazón más que todas las cosas." La misma tradición que proclama nuestra dignidad también reconoce nuestra oscuridad. Somos imagen de Dios, sí—pero imagen empañada, distorsionada, en necesidad de restauración.

¿Cómo pueden ser ciertas ambas cosas al mismo tiempo?

Quizás porque no somos una cosa ni la otra. Somos ambas. Somos el campo de batalla donde la luz y la oscuridad se encuentran. Somos la arena donde se libra una guerra que nadie más puede pelear por nosotros.

Pablo describió esta guerra con una honestidad que todavía estremece:

"No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?"

Este no es el lamento de un pecador descuidado. Es el grito de alguien profundamente consciente de la división interior. Pablo ve dos leyes en guerra dentro de sí: una que se deleita en Dios, otra que arrastra hacia lo que él mismo aborrece.

¿Quién no ha sentido esto?

Queremos ser pacientes, y perdemos la paciencia. Queremos ser generosos, y nos sorprendemos calculando. Queremos amar sin condiciones, y descubrimos las condiciones que habíamos escondido. Hay un abismo entre lo que queremos ser y lo que hacemos. Entre la imagen que tenemos de nosotros mismos y la persona que aparece en los momentos de presión.


La doctrina tradicional llama a esto depravación—la corrupción de la naturaleza humana por el pecado. Y hay verdad en ello. Algo está roto. Algo no funciona como debería.

Pero hay otra forma de mirar esta condición.

¿Y si la división interior no fuera solo el resultado de una caída, sino también la condición necesaria para una elección real? ¿Y si la guerra entre las dos leyes fuera precisamente el terreno donde se forja algo que no podría existir de otra manera?

Imagina un ser que solo pudiera elegir el bien. No porque lo quisiera, sino porque no tuviera acceso a ninguna otra opción. ¿Sería virtuoso? ¿O simplemente limitado? El bien que se elige cuando el mal es imposible no es el mismo bien que se elige cuando el mal está al alcance de la mano.

La dignidad de la elección humana radica precisamente en que ambos caminos están abiertos. Podemos amar o podemos usar. Podemos servir o podemos dominar. Podemos abrirnos o podemos cerrarnos. La oscuridad en nosotros no es simplemente un defecto—es la sombra que hace posible que nuestra luz signifique algo.

Esto no es excusa para el mal. Es reconocimiento de que el bien elegido libremente tiene un peso que el bien automático no puede tener.


Jesús mismo, según los relatos, enfrentó tentaciones reales. En el desierto, se le ofreció poder, gloria, dominio. Si no hubiera podido elegir esos caminos, las tentaciones habrían sido teatro vacío. Fueron reales porque él era plenamente humano—con todo el potencial para la luz y para la oscuridad que eso implica.

La tradición tiende a separar a la humanidad en dos categorías: los buenos y los malos, los salvos y los perdidos, los justos y los pecadores. Pero la línea entre el bien y el mal no pasa entre personas. Pasa por el centro de cada corazón humano.

No eres una persona buena que a veces hace cosas malas. No eres una persona mala que a veces hace cosas buenas. Eres un ser completo—con acceso al círculo completo de posibilidades humanas. Es por tus elecciones, repetidas día tras día, que defines quién estás llegando a ser.


Esta es la condición de la existencia humana. Caminamos en un lugar donde ambos caminos son viables, donde la luz no es obvia y la oscuridad no es repulsiva, donde debemos elegir sin certeza y actuar sin garantías.

El olvido del que hablamos en el capítulo anterior intensifica todo esto. No recordamos nuestra naturaleza más profunda. No vemos la unidad que subyace a la aparente separación. El bien y el mal parecen opciones igualmente disponibles, igualmente atractivas según el momento y la circunstancia.

Esta intensidad es agotadora. También es el crisol donde se forja el carácter eterno.

Pablo preguntó: "¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?" Y él mismo respondió: "Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro." La liberación existe. Pero no es liberación de la condición humana—es liberación dentro de ella. No es escapar del campo de batalla—es encontrar la fuerza para elegir bien en medio de la guerra.

Los que no eligen—los que comen y beben y se divierten sin comprometerse con nada, sin polarizarse hacia ningún lado—esos son los que más ayuda necesitan. No porque sean malos, sino porque están desperdiciando la oportunidad única que esta vida representa. El indiferente no pierde nada excepto todo.


La invitación no es a dejar de ser humano. Es a ser plenamente humano—con toda la gloria y todo el riesgo que eso conlleva. Es a reconocer la imagen de Dios en nosotros sin negar la oscuridad que también habita ahí. Es a elegir, cada día, en cada encuentro, en cada decisión pequeña, hacia qué lado inclinamos el corazón.

Porque eso es lo que somos: seres de elección. No ángeles incapaces de caer. No demonios incapaces de elevarse. Sino criaturas en el medio, en el lugar donde la elección importa, donde el amor puede elegirse o rechazarse, donde lo que hacemos con nuestra libertad determina lo que llegamos a ser.

La eternidad ha sido puesta en nuestro corazón. Pero qué hacemos con ella—eso queda en nuestras manos.

Capítulo 3: La Gracia

Capítulo 3: La Gracia

El hijo menor tomó su herencia y se fue a una tierra lejana. Malgastó todo en una vida disoluta. Cuando una hambruna azotó aquella región, terminó cuidando cerdos, deseando llenar su estómago con las algarrobas que comían los animales.

Entonces—dice el texto—"volvió en sí."

Preparó un discurso: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros." Ensayó las palabras. Calculó lo que merecía. Se puso en camino esperando, en el mejor de los casos, un lugar entre los sirvientes.

Pero el padre lo vio de lejos.

"Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó."

El hijo comenzó su discurso ensayado. No pudo terminarlo. El padre ya estaba dando órdenes: "Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta."

No hubo período de prueba. No hubo lista de condiciones. No hubo reproche. Solo alegría desbordada: "Este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado."

Esta es la gracia.


La palabra griega es charis—favor inmerecido, regalo que no se gana. Pablo la definió con precisión quirúrgica: "Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe."

No por obras. No por mérito. No por esfuerzo acumulado ni virtud demostrada. Don. Regalo. Algo que se recibe, no que se conquista.

Esto escandaliza a algo profundo en nosotros. Queremos merecer. Queremos que las cuentas cuadren. Queremos que el amor sea la respuesta justa a nuestra bondad. La idea de un amor que precede a todo merecimiento—que sale corriendo antes de que lleguemos, antes de que terminemos nuestro discurso de arrepentimiento—desordena todas nuestras categorías.

Y sin embargo, así describe Pablo el corazón de Dios: "Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros."

Siendo aún pecadores. No después de que nos reformamos. No cuando demostramos suficiente cambio. No al final de un proceso de mejoramiento. Mientras todavía estábamos en la tierra lejana, alimentando cerdos, el amor ya se había puesto en movimiento.


Hay un momento en los evangelios que captura esto con una intensidad casi insoportable. Jesús está muriendo en la cruz. A su lado, dos criminales. Uno lo insulta. El otro, en algún momento de ese horror, tiene una revelación. Se vuelve—literalmente gira la cabeza hacia el cuerpo destrozado que todavía brilla con algo que él reconoce—y dice: "Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino."

No ofrece nada. No promete cambiar. No presenta credenciales ni excusas. Solo pide ser recordado.

"Hoy estarás conmigo en el paraíso."

Hoy. No después de un purgatorio. No tras un período de reparación. Hoy. El ladrón, el asesino confeso, entra al reino con una sola frase, un solo giro de cabeza, un solo momento de reconocimiento.

¿Qué hizo? Se volvió. Pidió. Eso fue todo.

La gracia no se gana porque no puede ganarse. Si pudiera ganarse, no sería gracia—sería salario. Pablo fue explícito: "Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia."


Pero esto plantea una pregunta que ha inquietado a pensadores durante siglos: si la gracia es gratuita, ¿qué impide que todos la reciban? Si el padre corre hacia todo hijo que regresa, ¿por qué algunos no regresan?

Quizás porque la gracia, aunque siempre disponible, debe ser aceptada. El regalo más generoso del universo no sirve de nada si permanece sin abrir.

Hay algo en nosotros que resiste recibir. Preferimos ganar. Preferimos merecer. Preferimos llegar con nuestro discurso preparado y negociar un lugar entre los jornaleros. La gracia nos pide algo más difícil que el esfuerzo: nos pide soltar el control. Nos pide admitir que no podemos salvarnos a nosotros mismos.

El hijo mayor de la parábola ilustra esta resistencia. Él nunca se fue. Siempre cumplió. Trabajó los campos, obedeció las reglas, acumuló mérito. Y cuando ve la fiesta para su hermano, se llena de ira. "Tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos."

Él también necesitaba gracia. Pero no podía recibirla porque estaba demasiado ocupado contando sus obras.


El comienzo de la madurez espiritual es la aceptación—al fin—de que uno es perdonado. No que uno será perdonado cuando mejore lo suficiente. No que uno puede ser perdonado si cumple ciertas condiciones. Sino que uno es perdonado. Ahora. Ya. Antes de que el discurso termine.

Esto no es permiso para hacer cualquier cosa. Es el fundamento desde el cual el cambio real se vuelve posible. El hijo que sabe que es amado puede soltar la vergüenza que lo mantenía en la tierra lejana. El que cree que debe ganarse el amor permanece calculando, esforzándose, nunca seguro de si ha hecho suficiente.

"Donde abundó el pecado," escribió Pablo, "sobreabundó la gracia."

No importa cuán lejos hayas ido. No importa cuánto hayas malgastado. No importa cuántos cerdos hayas alimentado. La gracia es mayor. Siempre es mayor.


¿Qué se requiere entonces? No perfección—eso es imposible. No un porcentaje específico de buenas obras—eso volvería a convertir la gracia en salario.

Lo que se requiere es volverse. Girarse. Orientar el corazón hacia casa, aunque el camino sea largo y los pies estén cansados. El padre no exige que llegues limpio. Solo que te pongas en camino.

El umbral no está custodiado por un juez con una lista de requisitos. El proceso es más simple y más misterioso: cada ser camina hacia la luz hasta donde puede recibirla. No hay examen externo. No hay tribunal que pese las obras contra los pecados. Solo está tu capacidad de acoger el amor—y esa capacidad crece precisamente al ejercitarla.

Cada vez que perdonas, aumentas tu capacidad de recibir perdón. Cada vez que amas sin condiciones, expandes tu capacidad de ser amado sin condiciones. Cada vez que sueltas el resentimiento, te vuelves más liviano, más capaz de tolerar la intensidad del amor que siempre ha estado disponible.

No es que Dios retenga la gracia hasta que merezcamos. Es que nosotros retenemos nuestra capacidad de recibirla mientras insistimos en merecerla.


El padre de la parábola no estaba castigando al hijo menor durante su tiempo en la tierra lejana. Estaba esperando en el camino, mirando el horizonte, listo para correr al primer signo de retorno. El sufrimiento del hijo no era castigo impuesto—era la consecuencia natural de estar lejos de casa.

Y el remedio no era ganarse el regreso. Era simplemente regresar.

"Acuérdate de mí."

"Hoy estarás conmigo."

La gracia no es complicada. Nosotros la complicamos porque no podemos creer que sea tan simple. Tan gratuita. Tan disponible.

Pero lo es.

Siempre lo ha sido.

Capítulo 4: La Cruz

Capítulo 4: La Cruz

En un huerto llamado Getsemaní, bajo los olivos antiguos, un hombre se postró con el rostro contra la tierra. Sus discípulos dormían a pocos pasos. Él sudaba. Temblaba. Oraba.

"Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa."

Esta no era la oración de alguien actuando un papel predeterminado. Era el clamor de un ser humano enfrentando lo que ningún ser humano quiere enfrentar: el dolor, la humillación, la muerte. El hombre que había sanado enfermos y calmado tormentas ahora pedía ser liberado de lo que veía venir.

Oró una vez. Volvió a orar. Una tercera vez repitió las mismas palabras. Y cada vez, después de pedir liberación, añadió algo más:

"Pero no sea como yo quiero, sino como tú."


Este es el momento central de toda la historia. No la crucifixión misma—eso vendría después. Sino este instante en el huerto, cuando la voluntad humana se rindió a algo mayor. Cuando el deseo natural de evitar el sufrimiento se inclinó ante un propósito que lo trascendía.

"Hágase tu voluntad."

En términos puramente mundanos, esta fue una decisión desastrosa. Aceptar la voluntad del Padre llevó directamente a la muerte de este hombre. Pudo haber huido. Pudo haber negociado. Pudo haber usado su considerable influencia para escapar. En cambio, eligió beber la copa hasta el fondo.

¿Por qué?

Pablo escribió algo extraordinario sobre este momento: "Aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz."

Se despojó. Se vació. El verbo griego es kenosis—un vaciamiento radical del yo. No aferrarse a nada, ni siquiera a la propia vida. Soltar todo lo que podría soltar para que algo mayor pudiera fluir a través de él.


Este es el misterio de la cruz: el poder se manifiesta en la rendición. La vida se encuentra en la pérdida. La victoria llega a través de lo que parece derrota total.

Jesús lo había dicho claramente: "El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará." No era metáfora abstracta. Él lo vivió. Perdió su vida—literalmente, horriblemente, públicamente—y en esa pérdida, algo se abrió que no podía abrirse de otra manera.

"Nadie tiene mayor amor que este," había dicho, "que uno ponga su vida por sus amigos."

La cruz, entonces, no es solo un instrumento de tortura romana que se convirtió en símbolo religioso. Es la imagen perfecta de lo que significa amar completamente: darse sin reserva, vaciarse para que otros puedan llenarse, morir a lo que somos para que algo nuevo pueda nacer.


Pero hay algo más en esta historia, algo que a menudo se pasa por alto.

Jesús no solo murió en la cruz. Antes de llegar ahí, instruyó a sus seguidores: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame."

Cada día. No una sola vez en un momento dramático de martirio. Cada día.

La cruz que Jesús blazó no era solo para él. Era el símbolo de un camino que todos deben recorrer de alguna manera. No todos serán clavados en madera. Pero todos enfrentarán momentos donde deberán elegir entre aferrarse a lo que tienen y soltarlo por algo mayor. Todos conocerán el huerto de Getsemaní en alguna forma—ese lugar donde lo que queremos choca con lo que se nos pide.

Esto es la vida humana. Cada uno sufre. Cada uno enfrenta pérdidas. Cada uno, no importa cuán feliz sea su existencia, experimenta dolor físico, emocional, mental, espiritual. La brevedad de la vida en el cuerpo es un hecho melancólico que todos compartimos. Nacemos, florecemos brevemente, y morimos.

¿Qué hacemos con esto?


Una opción es resistir. Aferrarnos. Luchar contra la corriente. Tratar de salvar nuestra vida a toda costa, acumulando seguridades, evitando riesgos, protegiendo lo que tenemos. Esta es la respuesta natural. También es, según las palabras que hemos citado, la manera de perderlo todo.

La otra opción es la cruz. Aceptar que algo en nosotros debe morir para que algo nuevo pueda vivir. Reconocer que el sufrimiento, lejos de ser un error en el diseño, es el catalizador que hace posible la transformación. Decir, en nuestros propios huertos de angustia: "No mi voluntad, sino la tuya."

Esto no significa buscar el sufrimiento. No significa glorificar el dolor por el dolor mismo. Significa reconocer que cuando el sufrimiento llega—y siempre llega—puede ser usado. Puede ser el fuego que purifica. Puede ser la presión que forma diamantes. Puede ser la muerte que precede a la resurrección.

Hay una cruz que cada uno carga. No es la de madera y clavos. Es la de nuestra propia humanidad: nuestras limitaciones, nuestros errores, nuestro dualismo interno, la guerra entre lo que queremos ser y lo que somos. Esta es la cruz personal, la que llevamos a nuestro propio Gólgota, la que debemos crucificar para que el resto de nosotros pueda vivir renovado.


"Toma tu cruz," dijo el maestro. No dijo: evítala. No dijo: quéjate de ella. No dijo: espera que alguien más la cargue por ti. Dijo: tómala. Acéptala. Úsala.

El sufrimiento es el acompañante natural del cambio. Cuando algo nuevo se realiza y se pone en acción dentro del ser, cuando el pensamiento y el comportamiento se transforman, hay dolor. La energía de los viejos patrones debe liberarse para que nuevos patrones puedan formarse. Esto duele. No hay forma de evitarlo.

Pero el dolor con propósito es diferente del dolor sin sentido. El dolor que transforma es diferente del dolor que simplemente destruye. La diferencia está en cómo lo recibimos.

Jesús, en la cruz, no fue víctima pasiva. Fue participante activo en su propia transformación. Eligió estar ahí. Eligió no resistir. Eligió perdonar a quienes lo crucificaban mientras lo hacían. En ese acto de amor extremo—morir amando a quienes lo mataban—demostró algo que las palabras solas nunca podrían comunicar.


Este es el camino que él blazó: que es posible atravesar el peor sufrimiento imaginable sin dejar de amar. Que la oscuridad más profunda no tiene por qué apagar la luz interior. Que la muerte misma puede ser un acto de entrega, no de derrota.

"Se despojó a sí mismo."

Quizás esta sea la invitación más profunda de la cruz. No el sufrimiento por el sufrimiento. No el martirio como meta. Sino el vaciamiento progresivo de todo lo que no es esencial. Soltar el aferramiento. Dejar de agarrar. Permitir que lo que debe morir, muera.

El grano de trigo que cae en tierra y muere lleva mucho fruto. El que se aferra a su forma de semilla permanece solo.

Hay algo en nosotros que quiere quedarse semilla. Que prefiere la seguridad de la cáscara a la vulnerabilidad del brote. Que dice: "Si es posible, pase de mí esta copa."

Y hay algo más profundo que sabe cuál es la respuesta correcta.

"Hágase tu voluntad."


La cruz no es el final de la historia. Es el medio. Es el paso necesario entre lo que éramos y lo que estamos llamados a ser. Es la puerta estrecha por la que debemos pasar, no una vez sino cada día, muriendo a lo pequeño para nacer a lo vasto.

El que colgaba de aquella madera sabía algo que sus ejecutores no sabían: que lo que parecía el fin era en realidad el comienzo. Que la tumba no retendría lo que el amor había soltado. Que después del viernes vendría el domingo.

"Aunque estos huesos sean polvo," había dicho, "aun así resucitaré."

Fe pura. Confianza absoluta. No en escapar del sufrimiento, sino en atravesarlo hacia algo que el sufrimiento no puede tocar.

Esta es la promesa implícita en la cruz: que lo que se entrega por amor no se pierde. Que lo que muere en servicio a otros vive de una manera nueva. Que el vaciamiento es, paradójicamente, la forma de llenarse de lo único que permanece.

El amor.

Siempre el amor.

Capítulo 5: La Redención

Capítulo 5: La Redención

Hay una promesa antigua que atraviesa los siglos como un río de esperanza. Por boca del profeta Isaías, el Señor invita: "Venid ahora, y razonemos... aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana."

Los antiguos conocían el tinte escarlata. Sabían que una vez teñida la lana con ese color intenso, ningún lavado podía devolverle su blancura original. El tinte se fijaba de manera permanente. Era inalterable. Y sin embargo, aquí está la promesa: lo que ningún proceso humano puede revertir, el amor puede transformar. Lo que parece manchado para siempre puede volverse más blanco que la nieve.

Esta es la esencia de la redención: no simplemente perdonar, sino transformar. No solo pasar por alto, sino hacer nuevo.


Pablo escribió palabras que han dado esperanza a millones: "De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas." No dice "criatura mejorada" ni "criatura reparada". Dice nueva. Algo fundamentalmente diferente. Un nuevo comienzo.

Esto es lo que Jesús explicó a Nicodemo aquella noche: "El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios." Nicodemo, respetado maestro de Israel, no comprendió. ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? Pero Jesús hablaba de otro tipo de nacimiento—un nacimiento espiritual, una transformación tan radical que solo puede describirse como empezar de nuevo.

Esto no es reforma moral. No es simplemente decidir comportarse mejor, esforzarse más, seguir más reglas. Es ser recreado desde dentro. Es recibir una nueva naturaleza, nuevos deseos, nuevos ojos para ver, un nuevo corazón para amar. Es lo que Dios prometió por medio de Ezequiel: "Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros. Quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne."

El viejo corazón estaba curvado hacia sí mismo. El nuevo corazón puede amar. El viejo corazón estaba endurecido. El nuevo corazón es sensible a la voz del Espíritu. El viejo corazón buscaba su propia gloria. El nuevo corazón encuentra gozo en glorificar al Padre. No porque se esfuerce más, sino porque es diferente.


Cuando hablamos de redención, hablamos de sanación. La esperanza de cada ser es llegar a ser sanado, y la sanación puede definirse como ese estado donde el ser se realiza a sí mismo como entero, perfecto, hermoso, y un hijo del Uno infinito. Esto no nos hace especiales o importantes en el sentido que el ego desea. Nos hace siervos de todos. Con la compasión viene la humildad.

Considera lo que significa ser sanado. No es simplemente la ausencia de enfermedad. Es la restauración a la integridad original. Es el reconocimiento de lo que siempre fuimos, velado por el olvido y distorsionado por las elecciones hechas en la oscuridad. La redención no añade algo que faltaba—revela lo que siempre estuvo presente pero oculto.

La psicología de la redención implica la elección de un símbolo perfecto que es capaz de perdonar porque su naturaleza misma es amor, el cual siempre acepta cualquier regalo que se le da. No importa cuán manchado llegue el regalo. No importa cuán inadecuado parezca. El amor lo recibe porque el amor no juzga—el amor acepta, y en esa aceptación ocurre la transformación.

Jesús, en su ministerio terrenal, demostró esto repetidamente. Cuando decía "Tus pecados te son perdonados", no lo hacía después de largas penitencias ni extensos rituales de purificación. Lo hacía instantáneamente. Si él pudo mirar la iniquidad y perdonarla al instante, ¿cómo puede uno fallar en perdonarse a sí mismo?


Aquí llegamos al corazón del asunto: el perdón comienza con el yo.

Jesús resumió toda la ley en dos mandamientos: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón... y a tu prójimo como a ti mismo." No puedes amar a tu prójimo con perdón pleno y abierto si no te has perdonado a ti mismo. No puedes dar lo que no posees.

Muchos encuentran relativamente fácil perdonar a otros—los aman de todos modos, están seguros de que cualquier ofensa no fue intencional. Pero amarse a sí mismo, perdonarse a sí mismo cuando se conocen todas las fallas íntimamente, cuando se recuerda cada pensamiento oscuro y cada intención fallida... eso es más difícil. Cada uno de nosotros ve alguna parte de sí mismo como su propio enemigo.

Solo una cosa detiene la rueda del karma, de la acción y reacción interminable: el perdón total. El karma puede entenderse como inercia—acciones puestas en movimiento que continúan hasta que algo las detiene. Esa detención es el perdón. En el perdón está la libertad personal. Mientras no perdonemos, permanecemos atados a aquello que no perdonamos, ya sea otro o nosotros mismos.

El perdón de otro es perdón del yo. El perdón del yo es perdón del otro. Son inseparables porque, en el nivel más profundo, son uno. Un entendimiento de esto insiste en perdón pleno en el nivel consciente tanto del yo como del otro, pues son uno. Un perdón completo es imposible sin la inclusión del yo.


El principio de la madurez espiritual es la aceptación al fin de que uno es perdonado. No que será perdonado algún día si se esfuerza lo suficiente. No que puede ser perdonado si cumple ciertas condiciones. Sino que ya es perdonado, ahora, completamente.

Esto escandaliza algo en nosotros. Queremos ganar el perdón. Queremos merecerlo. Queremos algún sistema donde nuestros esfuerzos cuenten para algo. Pero la gracia, por definición, no puede ser ganada. Si pudiera ganarse, sería salario, no regalo. La redención no es premio al mérito. Es transformación ofrecida gratuitamente a quien la acepta.

Puesto que eres perdonado, habitas en un estado de gozo redentor. Esto significa que cada plato que lavas, cada ventana que limpias, cada flor que tocas, está viva a la luz dentro de ti y responde en amor. No hay acción demasiado pequeña para ser sagrada cuando se hace desde este estado de perdón aceptado.

Recuerda a los dos ladrones en la cruz junto a Jesús. Ambos eran criminales confesos. Ambos enfrentaban la misma muerte. Uno no pidió perdón, no se volvió de sus errores. Permaneció en un estado de karma y desequilibrio. El otro se percibió a sí mismo igualmente sin virtud—un ladrón, un asesino—pero tuvo la fe y la sabiduría de volver la cabeza, de mirar al cuerpo quebrantado que aún brillaba tan intensamente, y preguntar: "¿Te acordarás de mí cuando vengas en tu reino?"

"Hoy estarás conmigo en el paraíso", respondió el amante quebrantado y moribundo de la humanidad.

No mañana. No después de un período de prueba. Hoy. El perdón fue instantáneo porque el perdón siempre está disponible instantáneamente. Lo único que se requiere es volverse y recibirlo.


Esta transformación no ocurre toda de una vez en su plenitud. Hay un momento de nuevo nacimiento, sí, pero luego viene toda una vida de crecimiento. Pablo habla de ser "transformados de gloria en gloria" a la imagen de Cristo. Es un proceso. Hay avances y retrocesos. Hay días de victoria y días de lucha. Pero la dirección está establecida, y el que comenzó la buena obra la llevará a su conclusión.

Pedro, quien negó a Jesús tres veces, se convirtió en la roca sobre la cual se edificó la iglesia. Sus cartas respiran amor, humildad y una confianza inquebrantable en el Señor que lo restauró. La nueva criatura en él no borró su personalidad—seguía siendo Pedro, impetuoso y apasionado—pero la redirigió, la purificó, la puso al servicio del Reino.

Esto es lo que la redención hace en nosotros. No nos convierte en copias idénticas sin personalidad. Nos transforma en versiones redimidas de nosotros mismos—lo que realmente estábamos destinados a ser antes de que el pecado lo distorsionara todo. La santificación no es la muerte de la personalidad sino su pleno florecimiento.


El proceso de transformación puede compararse a la semilla en la tierra. Para que cualquier semilla crezca, debe ser puesta en la tierra oscura. Debe haber un tiempo de descanso allí, lejos de la luz, para que lo que está dentro de la semilla pueda reventar la cáscara, romper las limitaciones, los confines de esa experiencia, y brotar hacia la luz para que un nuevo ser nazca del viejo.

La experiencia de transformación, vista desde una perspectiva más amplia, ocurre en un abrir y cerrar de ojos. Pero dentro de la ilusión del tiempo, esta misma transformación parece durar mucho, mucho en la noche oscura y solitaria. Hay compasión para quienes atraviesan este proceso. Hay aliento para perseverar, porque cada uno es una buena semilla con mucho aún por ofrecer en su florecimiento.

Los ciclos se mueven, las estaciones cambian. El alma una vez más vivificará la personalidad que vive dentro de la ilusión, y habrá nuevamente el gozo del corazón que brota hacia el verano y hacia la plena fructificación que es posible para cada buscador de la verdad.


Hay quienes han tenido dificultad para perdonarse a sí mismos y, de forma inocente pero incorrecta, ponen límites a los poderes redentores del amor. Sin querer, convierten una redención infinita en una limitada que no alcanza a cubrir sus pecados o debilidades particulares. Pero se trata de una redención infinita precisamente porque abarca todo pecado y toda debilidad.

Ningún error puede quitar de una entidad la verdad de su naturaleza: un ser de unidad con el Creador. La mancha más profunda puede ser blanqueada. La oscuridad más densa puede ser iluminada. No hay abismo tan profundo que el amor no pueda alcanzar.

Esto no significa que las consecuencias de nuestras acciones desaparezcan mágicamente. Significa que no estamos definidos por ellas. Significa que hay un camino hacia adelante que no está bloqueado por nuestro pasado. Significa que la transformación es siempre posible, sin importar qué tan lejos nos hayamos alejado del camino.


Pablo experimentó esto de primera mano. Él, que había perseguido a la iglesia con furia, que había aprobado la muerte de Esteban, que respiraba amenazas contra los discípulos—ese mismo hombre se convirtió en el apóstol del amor y la gracia. No fue un cambio gradual de opinión. Fue un encuentro con el Cristo resucitado que lo transformó completamente. El perseguidor se convirtió en predicador. El enemigo se convirtió en embajador.

Y al final de su vida, tras años de servicio, de sufrimiento, de crecimiento, todavía escribía sobre la lucha interior: "No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago." Conocía la batalla. Vivía la tensión. Pero también conocía la respuesta: "¡Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro!"

La redención no promete ausencia de lucha. Promete la presencia de un Salvador a través de ella.


Lo que es amado y aceptado es lo que ha sido redimido. Es dentro del corazón del amor que la redención ocurre. No en tribunales externos. No en balanzas cósmicas donde se pesan méritos contra faltas. Sino en el corazón—el corazón que finalmente acepta que es amado, que siempre fue amado, que el amor nunca se retiró sino que esperaba pacientemente ser recibido.

Auto-conocimiento puede llamarse auto-aceptación. Auto-aceptación puede llamarse auto-perdón. Auto-perdón puede llamarse auto-redención. No porque nos salvemos a nosotros mismos, sino porque al aceptar finalmente lo que siempre se nos ofreció, permitimos que la redención se manifieste en nuestra experiencia.

Cada día es una oportunidad para que la nueva criatura crezca. Cada elección de amor sobre egoísmo, cada momento de entrega, cada rendición de nuestra propia voluntad—todo contribuye al proceso de ser conformados a la imagen del amor. Y un día, cuando veamos cara a cara, la obra será completa. "Seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es."


Mientras tanto, camina en el perdón que ya has recibido. Extiende a otros lo que has recibido. Perdona como has sido perdonado. Acepta lo inaceptable en ti mismo para poder aceptar lo inaceptable en otros. Esta es la vida del redimido: no perfecta, pero orientada; no sin lucha, pero con esperanza; no sin caídas, pero siempre levantándose.

Aunque tus pecados sean como la grana—intensos, fijados, aparentemente inalterables—como la nieve serán emblanquecidos. Aunque sean rojos como el carmesí—visibles, innegables, imposibles de ocultar—vendrán a ser como blanca lana.

Esta es la promesa. Este es el camino. Esta es la redención que se ofrece.

La aceptarás.

Capítulo 6: La Fe

Capítulo 6: La Fe

"Es pues la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve."

Esta definición, escrita hace casi dos mil años, contiene más de lo que parece a primera vista. La palabra griega traducida como "certeza" es hypostasis—literalmente, "lo que está debajo", el fundamento, la sustancia que sostiene. Y la palabra traducida como "convicción" es elegchos—evidencia, prueba, demostración.

La fe, entonces, no es un salto ciego hacia la nada. Es el fundamento de lo que esperamos. Es la evidencia de lo que no vemos. No es la ausencia de prueba sino una forma diferente de ver—una visión que penetra más allá de lo visible hacia realidades que los ojos físicos no pueden percibir.

Esto desafía la noción popular de que fe y razón son opuestos. No lo son. La fe ve lo que la razón, por sí sola, no alcanza. La razón opera dentro del mundo visible; la fe extiende la percepción hacia el invisible. Ambas son formas de conocer. Ambas tienen su lugar.


¿Por qué es necesaria la fe? ¿Por qué no simplemente la certeza?

Hay una respuesta profunda a esta pregunta: la fe es necesaria precisamente porque no podemos ver. Y no podemos ver porque hemos sido velados del conocimiento directo de las realidades espirituales. Nacemos sin memoria de quiénes somos, de dónde venimos, hacia dónde vamos. Este olvido no es un error ni un castigo. Es una condición diseñada para hacer posible algo que de otro modo no existiría: la elección genuina.

Si pudiéramos ver directamente que todo es uno, que el amor es la única realidad, que servir a otros es servirnos a nosotros mismos—¿qué mérito tendría elegir el amor? Sería simplemente reconocer lo obvio. No requeriría coraje. No desarrollaría fortaleza. No forjaría carácter.

Pero cuando elegimos amar en la oscuridad, cuando confiamos sin ver, cuando servimos sin garantía de recompensa—entonces la elección significa algo. Entonces desarrollamos capacidades que no podrían desarrollarse de otra manera. La fe construida en la oscuridad tiene una fuerza que la fe construida en la luz no puede poseer. Ha sido probada. Ha sido elegida cuando otras opciones permanecían abiertas.

Por eso el olvido es, paradójicamente, un regalo. Crea las condiciones para el desarrollo de la fe, la voluntad y el deseo—facultades que permanecen subdesarrolladas cuando todo es evidente.


Qué difícil es esperar en cosas no vistas. La ilusión por sí sola, sin las muchas distorsiones que han ocurrido en las difíciles polarizaciones entre los pueblos, es tal que la contemplación de reclamar un absoluto, vivir por él, estar dispuesto a morir por él como testigo de la verdad, parece ridícula. Este es el ambiente exterior en el que intentamos despertar a nuestra consciencia metafísica imperecedera.

La búsqueda espiritual es una búsqueda comenzada solo en la ceguera de la fe. Este es uno de los elementos de la fe misma que crea una especie de resistencia para quienes desean tenerla. Porque si uno reclama fe, el mundo que se ve, la ilusión que se percibe, cambia para siempre—y no de maneras que ejemplifiquen la búsqueda de la felicidad o el contentamiento de descansar en un espacio cómodo.

Hay sistemas de creencias cómodos, sistemas que permiten conocer todas las verdades todo el tiempo según el camino subjetivo de sistemas de creencias literales y dogmáticos. Sin embargo, lo que cada Cristo que ha venido a este mundo ha ofrecido no es un viaje cómodo ni feliz. Es un viaje comenzado solo en el coraje. Es un viaje en el que uno persiste solo por la voluntad. Es un viaje que reclama lo que no siente con todo el corazón, sino que siente como una corazonada, un instinto, un sesgo.

En estos delgados hilos cuelga el comienzo de una vida en fe.


Jesús habló de la fe como un grano de mostaza. "Si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible."

La semilla de mostaza es diminuta—casi imperceptible. Y sin embargo, de ella crece un árbol lo suficientemente grande para que las aves aniden en sus ramas. La metáfora es precisa: no es la cantidad de fe lo que importa, sino su calidad. Una fe genuina, aunque pequeña, es más poderosa que una montaña de certezas superficiales.

Los discípulos habían fracasado en sanar a un niño. Preguntaron por qué. Jesús respondió: "Por vuestra poca fe." No les faltaba conocimiento teológico. No les faltaba deseo de ayudar. Les faltaba esa confianza profunda, esa entrega total al poder que operaba a través de ellos. Tenían la información pero no la fe viva.

La fe viva no es asentimiento intelectual a proposiciones. Es confianza activa. Es entrega. Es actuar como si fuera verdad lo que no podemos probar—y descubrir, en el actuar, que era verdad todo el tiempo.


Hay un momento en los evangelios que captura la realidad de la fe humana mejor que cualquier otro. Un padre desesperado trae a su hijo enfermo ante Jesús. Los discípulos no han podido sanarlo. El padre, agotado, dice: "Si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros y ayúdanos."

Jesús responde: "Si puedes creer, al que cree todo le es posible."

Y entonces viene el grito más honesto de toda la Escritura: "¡Creo; ayuda mi incredulidad!"

Este padre no pretende una fe que no tiene. No finge certeza. Reconoce la verdad de su corazón dividido: cree, pero también duda. Confía, pero también teme. Y en esa honestidad cruda, Jesús encuentra suficiente. El niño es sanado.

La fe no requiere perfección. Requiere sinceridad. La fe mezclada con duda sigue siendo fe—siempre que la duda sea honesta y la fe sea genuina. No necesitas resolver todas tus preguntas para confiar. No necesitas eliminar toda incertidumbre para actuar. Puedes creer y pedir ayuda para tu incredulidad al mismo tiempo.

Esto libera. No tienes que fingir una confianza que no sientes. Puedes traer tu fe imperfecta, tu confianza vacilante, tu esperanza mezclada con miedo—y será suficiente. Lo que importa no es la pureza de tu fe sino su dirección.


La fe no comienza con fe en uno mismo. Comienza con fe en algo mayor.

La fe que tanto se anhela no surge de la nada. Comienza con fes muy simples. Incluso siendo jóvenes, comenzamos a tener fe en que el sol saldrá y se pondrá, que la luna aparecerá y las estrellas, y luego desaparecerán en el rubor del amanecer. A medida que crecemos, encontramos más y más cosas en las que se puede confiar. Estas cosas no suelen ser otras personas, sino más probablemente la naturaleza—las mascotas que aman sin razón, los árboles que dejan caer sus hojas, arraigan profundamente en la tierra y luego florecen de nuevo en los milagros anuales de la primavera.

Y ahí todo llega a un alto abrupto. Porque a menos que uno sea muy poco observador, pronto descubre que la fidelidad absoluta, aquello en lo que se puede tener fe sin importar qué, cuando se aplica a la humanidad, fallará. No siempre, pero a veces. Siempre hay riesgo y apuesta en confiar en otra entidad o en uno mismo.

Si las personas están hechas a la naturaleza e imagen del Creador, esa imagen no parecería incluir confiabilidad absoluta. Pero, ¿podría el Creador ser capaz de tal capricho como la humanidad?

Miremos la creación de la que es responsable. ¿Es la inteligencia infinita que creó el equilibrio del universo infinito, los planetas en sus cursos, las estrellas en sus largas y lentas expresiones de amor, la obra de un Creador caprichoso? Parecería improbable. Porque si uno mirara una calculadora, no la confundiría con algo que ocurrió en la naturaleza. Esta calculadora está obviamente hecha para un propósito, para hacer una tarea con precisión una y otra vez. Y sin embargo, qué simple es esta calculadora comparada con la precisión infinita del universo de relojería cuya estabilidad los científicos tanto confían.

Una vez que el buscador es consciente de que la fe no es fe en el yo humano, está entonces abierto a examinar otras posibilidades de dónde colocar la fe.


Hay una relación circular entre la fe y la voluntad que merece contemplación.

Es la voluntad persistente y completa la que lleva a cada uno hacia donde verdaderamente desea dentro de esta ilusión o fuera de ella. Y así es la voluntad la que habilita la fe. Sé persistente, determinado y siempre esperanzado en la invocación de la voluntad, sin importar en qué circunstancia de mente, cuerpo o espíritu te encuentres.

Y al mismo tiempo: la voluntad es imposible sin la fe para persistir en esa voluntad.

Así, la fe y la voluntad se habilitan mutuamente. Es una tautología, un argumento circular. Pero a veces la verdad más profunda tiene forma de círculo. No hay punto de entrada lógico. Simplemente comienzas. Actúas como si tuvieras fe, y al hacerlo eres fiel. Persistes como si tuvieras voluntad, y al hacerlo desarrollas voluntad.

Una gran parte de la fe es paciencia. Una gran parte de la voluntad es persistencia. No son las experiencias cumbre las que definen una vida de fe—esas experiencias en las que todo parece claro y la presencia del Creador se siente de manera abrumadora. Son los días ordinarios, los momentos de duda, las noches de silencio cuando nada parece responder. Es ahí donde la fe se forja.


El capítulo once de Hebreos presenta lo que se ha llamado el "salón de la fe"—una galería de hombres y mujeres que vivieron por fe a través de los siglos.

Abel ofreció un sacrificio mejor que Caín. Enoc fue trasladado para no ver muerte. Noé construyó un arca para algo que nunca había visto—lluvia que cubriría la tierra. Abraham salió sin saber a dónde iba, vivió como extranjero en la tierra prometida, esperó un hijo cuando era imposible según toda lógica humana. Sara recibió fuerza para concebir porque tuvo por fiel al que lo había prometido. Moisés escogió ser maltratado con el pueblo de Dios antes que gozar de los placeres temporales del pecado.

Y luego viene esta frase extraordinaria: "Conforme a la fe murieron todos estos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo."

Murieron sin haber recibido lo prometido. Mirándolo de lejos. Saludándolo.

Esto es fe en su forma más pura. No es fe que recibe recompensa inmediata. No es fe que ve cumplidas todas sus esperanzas en esta vida. Es fe que confía más allá de lo que puede ver, más allá incluso de lo que vivirá para experimentar. Es fe que planta árboles cuya sombra nunca disfrutará.

Abraham creyó "en esperanza contra esperanza"—cuando toda evidencia decía que era imposible. Tenía cien años. Sara noventa. Y sin embargo creyó que Dios podía cumplir lo que había prometido. No porque tuviera pruebas, sino porque conocía a Aquel que prometía.


Quizás ningún momento en la historia ilustra mejor la fe que las horas finales de Jesús.

En Getsemaní, sudando gotas como de sangre, pidió que pasara de él aquella copa. No había certeza sensible de que la resurrección vendría. No había garantía visible de que el sufrimiento tendría sentido. Había solo la confianza en el Padre—una confianza probada hasta el límite.

"No se haga mi voluntad, sino la tuya."

Y luego, en la cruz, el grito que ha perturbado a teólogos por siglos: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?"

¿Fue este un momento de fe perdida? No. Fue un momento de fe más profunda que cualquier otro. En la oscuridad total, cuando toda evidencia de la presencia divina había desaparecido, cuando el silencio del cielo era absoluto—incluso entonces, el grito fue dirigido a Dios. "Dios mío." Aún en el abandono aparente, la relación permaneció. La fe persistió precisamente donde la fe parecía imposible.

Fue fe sola la que le permitió decir, antes de esas horas oscuras: "Aunque estos huesos sean polvo, aún resucitaré de entre los muertos." Fe pura. Confianza absoluta. No en escapar del sufrimiento sino en atravesarlo hacia lo que el sufrimiento no puede tocar.


Aquellos que sienten instintivamente que el Creador es un Creador unificador, amoroso y nutritivo son aquellos que descubren la fe de una manera—el camino positivo de polarización a través del servicio al Infinito y a otros seres, las imágenes del Infinito. Aquellos que eligen ver al Creador como juicio, rectitud y ley, son aquellos que desean control—control sobre la vida, control sobre el yo, control sobre otros, para que no haya sorpresas, sino que todo sea calculado de antemano, seguro y ordenado.

La fe, en su sentido positivo, no comienza con fe en el yo. Comienza con fe en el Creador. Y desde esa fe fundamental fluye todo lo demás—la capacidad de confiar en el proceso, de aceptar el catalizador, de amar sin garantía de ser amado en retorno.

La esperanza madura en fe a medida que la entidad continúa creciendo. La esperanza sabe que hay más en la existencia terrenal de lo que parece, que hay un propósito que da nobleza y cualidad brillante a la vida. Pero la esperanza todavía es tentativa, probada por el paso de los días y el catalizador contenido en cada día.

Cuando la fe se desarrolla, tiene una certeza que viene no solo de la experiencia sino de un sentimiento profundo dentro del yo—como la limadura de hierro que se acerca a la fuerza del imán. La entidad comienza a sentir que se está acercando a un poder mucho mayor que cualquier poder que haya encontrado dentro de sí misma o su experiencia antes.


La vida de fe es una vida vivida bajo el reflector. Quien vive en fe se para con una luz brillante para que otros puedan ver. Es una especie de desnudez pública del yo, metafísicamente hablando, vivir una vida en fe. Porque cuando quien es fiel percibe que en medio de la confusión de la vida mundana hay un principio espiritual que debe ser sostenido para ser fiel, entonces debe abandonar la llamada sabiduría humana y expresar tontamente la fe de que las apariencias engañan, y que todo está verdaderamente bien.

La esencia de la fe es el simple sentimiento de que todo estará bien, y todo está bien.

Esto no es optimismo ingenuo. No es negación de la realidad del sufrimiento. Es una percepción más profunda—la percepción de que detrás de las apariencias, sosteniéndolas, hay una realidad de amor que no falla. Las circunstancias pueden ser terribles. El dolor puede ser real. Y aún así, en el nivel más profundo, todo está bien. El amor sostiene. El propósito permanece. El final es seguro.

Esta es la fe que permite atravesar el valle de sombra de muerte sin temer mal alguno. No porque el valle no sea oscuro. No porque la muerte no sea real. Sino porque hay una vara y un cayado que confortan—la presencia que no abandona incluso cuando no puede ser sentida.


Hay quienes buscan señales antes de creer. "Si veo, entonces creeré." Pero la fe opera en dirección opuesta. "Creeré, y entonces veré." No porque la fe cree la realidad, sino porque la fe abre los ojos a una realidad que siempre estuvo ahí pero permanecía invisible.

"Por fe andamos, no por vista", escribió Pablo. Esto no significa caminar a ciegas. Significa caminar con una visión diferente—una visión que penetra más allá de lo inmediato hacia lo eterno, más allá de lo visible hacia lo invisible, más allá de lo temporal hacia lo permanente.

El mundo visible es real pero no es toda la realidad. Es, de hecho, la parte más pequeña y transitoria de la realidad. Lo que vemos pasará. Lo que no vemos permanece para siempre. La fe es la facultad que nos conecta con esa realidad mayor—la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.


¿Tienes poca fe? Entonces tienes suficiente para comenzar.

¿Dudas mientras crees? Entonces eres honesto, y la honestidad es buena tierra para que la fe crezca.

¿Te sientes lejos de Dios? Entonces clama desde esa distancia. El clamor mismo es fe—fe de que hay Alguien que escucha, Alguien a quien importa, Alguien que puede responder.

La fe no es un logro que se alcanza de una vez para siempre. Es una relación que se profundiza con el tiempo. Hay días de claridad y días de niebla. Hay momentos en que la presencia se siente cercana y momentos en que parece haberse retirado completamente. Esto es normal. Esto es el viaje. Los santos de todas las épocas han conocido tanto la consolación como la desolación, tanto la cercanía como la aparente ausencia.

Lo que importa no es la intensidad del sentimiento sino la dirección del corazón. ¿Hacia dónde miras cuando todo falla? ¿Hacia dónde te vuelves en la oscuridad? Si es hacia el amor, hacia la luz, hacia lo que no puedes ver pero eliges confiar—entonces tienes fe. Quizás fe como un grano de mostaza. Pero eso es suficiente.

Es suficiente.

Capítulo 7: Las Obras

Capítulo 7: Las Obras

"Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha?"

Santiago plantea la pregunta con una claridad que incomoda. No pregunta si la fe es importante—eso lo da por sentado. Pregunta qué clase de fe es la que mira al hambriento y ofrece solo palabras. Qué clase de confianza en Dios es la que no mueve las manos hacia el necesitado.

La fe sin obras, concluye, es muerta. Como el cuerpo sin espíritu.

Pero ¿no escribió Pablo que somos salvos por gracia, mediante la fe, y no por obras? ¿No insistió en que nadie puede gloriarse, porque la salvación es don y no salario?

Aquí hay una tensión aparente que ha dividido a pensadores durante siglos. Algunos enfatizan la fe hasta el punto de hacer las obras irrelevantes. Otros enfatizan las obras hasta convertir la gracia en premio al mérito. Ambos extremos pierden algo esencial.

Quizás la resolución esté en una imagen que Jesús ofreció: el árbol y sus frutos.

"Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar buenos frutos."

El fruto no hace bueno al árbol. El árbol bueno produce buen fruto porque esa es su naturaleza. La relación no es de causa externa sino de expresión interna. El manzano no se esfuerza por producir manzanas—las produce porque es manzano. Si no las produjera, dudaríamos de qué clase de árbol es realmente.

Así con la fe y las obras. Las obras no producen la fe ni ganan la salvación. Pero la fe genuina, la fe viva, se expresa naturalmente en acción. Si no hay fruto alguno, debemos preguntarnos si hay árbol. Santiago no contradice a Pablo—lo complementa. Pablo habla de la raíz; Santiago, del fruto. Ambos son necesarios para que haya vida.


Hay un pasaje en los evangelios que ilumina esto desde otro ángulo. Jesús describe el juicio final como la separación de ovejas y cabras. A las ovejas, el Rey dice: "Venid, benditos de mi Padre... Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí."

Y entonces ocurre algo extraordinario. Los justos preguntan: "Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te sustentamos, o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero y te recogimos, o desnudo y te cubrimos?"

No recordaban haberlo hecho.

No llevaban registro de sus buenas acciones. No calculaban el mérito acumulado. Simplemente habían vivido de cierta manera—alimentando al hambriento, vistiendo al desnudo, visitando al enfermo—sin pensar que estaban haciendo algo especial. Era su naturaleza. Era el fruto natural de quienes eran.

"En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis."

Las cabras, en cambio, también preguntan: "¿Cuándo te vimos hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo, o en la cárcel, y no te servimos?" Ellas tampoco recordaban—pero por la razón opuesta. No habían visto. No porque los necesitados fueran invisibles, sino porque no tenían ojos para ver. Su orientación interior no los inclinaba hacia el otro. Pasaban de largo no por maldad activa sino por indiferencia, por un corazón curvado hacia sí mismo.

El juicio, entonces, no es un examen donde se pesan acciones en una balanza. Es más bien el reconocimiento de lo que cada quien ha llegado a ser. Las ovejas no entraron al reino porque acumularon suficientes puntos. Entraron porque se habían convertido en el tipo de seres que pertenecen allí.


El profeta Miqueas, siglos antes, había destilado lo esencial con una simplicidad que todavía asombra:

"Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, amar misericordia, y humillarte ante tu Dios."

Solamente. Como si fuera poco. Y sin embargo, en esas tres cosas está todo: la acción recta hacia otros, el corazón compasivo que ama el acto mismo de perdonar, y la postura interior de quien sabe que no es el centro del universo.

No pide sacrificios elaborados. No pide rituales complejos. No pide conocimiento esotérico ni experiencias místicas. Pide justicia, misericordia, humildad. Cosas que se viven en lo cotidiano, en el trato con el vecino, en las decisiones pequeñas que nadie ve.


Hay una forma de entender la orientación del corazón que ilumina todo esto. Imagina dos polos de un imán. Uno atrae hacia sí; el otro emite desde sí. Uno absorbe; el otro radia. Ambos son polos legítimos del mismo imán—no puedes tener uno sin el otro en la física. Pero en el corazón humano, hay una elección sobre cuál cultivar.

El corazón que absorbe pregunta: ¿qué puedo obtener de esta situación? ¿Cómo me beneficia esto? ¿Qué gano yo? El corazón que radia pregunta: ¿qué puedo dar aquí? ¿Cómo puedo servir? ¿Qué necesita el otro?

No es posible juzgar la orientación de un solo acto aislado. Alguien puede dar limosna por vanidad o negarse a dar por sabiduría. Las apariencias engañan. Pero la suma de todas las elecciones, el patrón que emerge a lo largo del tiempo, revela la orientación fundamental. ¿Hacia dónde fluye la energía de tu vida—hacia adentro o hacia afuera?

El propósito de cultivar esta orientación no es ganar una recompensa futura. Es desarrollar la capacidad de hacer trabajo real—trabajo espiritual, trabajo de transformación. Un ser orientado hacia sí mismo tiene poca capacidad de afectar positivamente a otros o al mundo. Un ser orientado hacia afuera se convierte en canal por donde fluye algo mayor que él mismo.


Aquí surge una confusión común: muchos piensan que servir significa complacer. Que si hacen feliz al otro, han servido. Pero complacer y servir son cosas distintas, y a veces opuestas.

El padre que nunca dice no a su hijo lo complace pero no lo sirve. El amigo que apoya una adicción complace pero daña. El consejero que solo dice lo que el otro quiere oír complace pero traiciona.

El servicio genuino pregunta: ¿qué necesita realmente esta persona para su crecimiento, para su bien profundo? A veces la respuesta es consuelo. A veces es confrontación. A veces es presencia silenciosa. A veces es decir una verdad difícil que nadie más se atreve a decir.

Esto requiere discernimiento. Requiere conocer al otro y conocerse a uno mismo. Requiere soltar la necesidad de ser apreciado para poder ofrecer lo que realmente sirve, aunque sea impopular.


Hay otra confusión igualmente común: pensar que servir significa hacer, y que quien no hace cosas visibles y medibles no está sirviendo.

Pero el primer servicio—el fundamento de todos los demás—es ser. La suma de lo que piensas, sientes y eres en cada momento es el regalo que das al mundo y al Creador. Antes de cualquier acción, está la cualidad de tu presencia. ¿Qué irradia desde ti cuando entras a una habitación? ¿Paz o ansiedad? ¿Apertura o juicio? ¿Amor o necesidad?

Una vida de fe puede ser un regalo mayor que cualquier artefacto medible que un ser ofrezca. El ermitaño que ora en silencio puede estar sirviendo más profundamente que el activista frenético que corre de causa en causa sin haberse transformado por dentro.

Esto no es excusa para la pasividad. Es reconocimiento de que la acción que brota de un ser no transformado puede hacer tanto daño como bien. Trabajar en uno mismo—disciplinar la mente errante, aquietar las emociones reactivas, abrir el corazón cerrado—no es egoísmo. Es preparación para un servicio que realmente sirva.

Por eso la práctica diaria de silencio interior es el primer acto de servicio. Aquietar la mente, escuchar lo profundo, reconectarse con la fuente—esto no es retirarse del mundo sino prepararse para encontrarlo desde un lugar diferente.


El servicio cotidiano no requiere gestos dramáticos.

Es posible servir intensamente mientras lavas los platos—si los lavas con atención, con presencia, con amor por el acto simple y por quienes usarán esos platos. Es posible pasar toda una vida buscando la gran misión mientras ignoras las pequeñas oportunidades que aparecen cada hora frente a ti.

La palabra amable al extraño. El momento de atención plena al niño que quiere ser escuchado. La paciencia con el colega difícil. El perdón silencioso al que te ofendió. Estas son las obras que construyen un alma—no porque acumulen mérito sino porque cada una es una elección, y las elecciones repetidas forman el carácter.

Lo que está frente a ti ahora es tu campo de servicio. Las personas que cruzarán tu camino hoy son a quienes puedes servir hoy. Cuando ese servicio ya no esté ahí, la vida te moverá al siguiente. No necesitas buscar tu misión en lugares distantes. Tu misión está donde estás, con quien estás, ahora.


Una viuda pobre entró al templo con dos monedas de cobre en la mano—lo más pequeño que existía, apenas suficiente para comprar un bocado de pan. Los ricos echaban grandes sumas que resonaban al caer en las arcas del tesoro. Ella dejó caer sus dos monedas casi sin sonido.

Jesús, observando, llamó a sus discípulos: "Esta viuda pobre echó más que todos. Porque todos echaron de lo que les sobra; pero ella, de su pobreza, echó todo lo que tenía, todo su sustento."

No es la cantidad lo que cuenta. Es la proporción. Es la intención. Es lo que el acto significa para quien lo hace.

Los ricos dieron sin sacrificio. Lo que dieron no les costó nada real—era excedente, sobrante, lo que no necesitaban. La viuda dio todo. Su ofrenda era invisible para el mundo pero inmensa en la única escala que importa.

Todo servicio se mide por la intensidad de la intención. Un vaso de agua dado con amor genuino pesa más que mil actos de caridad hechos por obligación o por imagen.


"Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor," escribió Pablo, "porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad."

Hay un misterio aquí que las palabras apenas pueden contener. Ocupaos—hay trabajo que hacer, esfuerzo que poner, elecciones que tomar. Y sin embargo: Dios es el que produce el querer y el hacer. No es solo que Dios ayude cuando nosotros fallamos. Es que el deseo mismo de hacer el bien, la capacidad misma de elegirlo, viene de una fuente más profunda que el ego.

Trabajamos, y Dios obra en nosotros. Elegimos, y descubrimos que la elección fue posible porque algo nos habilitó para elegir. Las obras son nuestras—somos responsables de ellas—y al mismo tiempo son expresión de una gracia que nos precede y nos sostiene.

Esta no es una verdad para resolver intelectualmente. Es una tensión para habitar. Actúa como si todo dependiera de ti. Confía como si todo dependiera de Dios. Ambas cosas son ciertas, y la vida espiritual madura aprende a sostener ambas sin que una cancele a la otra.


"Somos hechura suya," escribió Pablo en otro lugar, "creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas."

Preparadas de antemano. Las oportunidades de servicio que encontrarás no son accidentes. El universo te ha equipado con dones particulares, te ha colocado en circunstancias particulares, ha puesto personas particulares en tu camino. Todo eso configura un campo de servicio único, irrepetible, diseñado para ti.

No necesitas copiar el servicio de otro. No necesitas forzarte en moldes que no te corresponden. Tu camino de servicio será diferente al de cualquier otro, porque tú eres diferente. Los dones que tienes, las limitaciones que cargas, las experiencias que has vivido—todo eso forma el instrumento único que eres. Y ese instrumento tiene una música que solo él puede tocar.

Confía en tu propio discernimiento. ¿Qué te mueve? ¿Dónde sientes que tu corazón se abre? ¿Qué necesidades ves que otros no ven? Ahí está tu servicio. No donde deberías servir según alguna expectativa externa, sino donde tu ser particular encuentra su expresión natural.


Santiago concluye su argumento con una imagen final: "Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta."

Un cuerpo sin espíritu es un cadáver. Tiene la forma de la vida pero no la vida misma. Puede ser examinado, medido, descrito—pero no respira, no se mueve, no ama. Así es la fe que no se expresa en acción: tiene la forma de la confianza pero no su vitalidad.

Y sin embargo—aquí está la paradoja que debemos sostener—el espíritu no es producido por el cuerpo. El cuerpo no genera la vida; la recibe. Así las obras no generan la fe; la expresan. La fe es la raíz invisible; las obras son el fruto visible. Sin raíz no hay fruto; pero sin fruto, ¿cómo sabemos que hay raíz?

Ambos lados de la paradoja son verdaderos. No puedes ganarte el amor de Dios con obras—ya lo tienes, siempre lo has tenido. Pero el amor recibido, si es real, transforma. Y la transformación se manifiesta. El árbol bueno da buen fruto. No para probar que es bueno, sino porque lo es.

Es suficiente.

Capítulo 8: La Elección

Capítulo 8: La Elección

"A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia."

Moisés, al final de su vida, presenta al pueblo una decisión. No un destino inevitable. No un decreto ya sellado. Una elección. Los cielos y la tierra son testigos de que ambos caminos están abiertos—la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Y luego viene la invitación: escoge.

Esta palabra resuena a través de toda la Escritura. Josué, años después, la repite ante las tribus reunidas: "Si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quién sirváis... pero yo y mi casa serviremos a Jehová." Elías, en el monte Carmelo, confronta a un pueblo dividido: "¿Hasta cuándo claudicaréis entre dos pensamientos? Si Jehová es Dios, seguidle."

La Biblia asume, en cada página, que la elección es real. Que los seres humanos pueden decidir. Que su decisión importa.

Y sin embargo.


Pablo escribe a los Efesios que Dios "nos escogió en él antes de la fundación del mundo... habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos... según el puro afecto de su voluntad." Antes de la fundación del mundo. Predestinado. Según su voluntad, no la nuestra.

Y en Romanos, el pasaje que ha generado más debate que casi cualquier otro: "Porque no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama, se le dijo: El mayor servirá al menor. Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí."

Antes de nacer. Antes de hacer bien o mal. Jacob elegido, Esaú rechazado.

Pablo anticipa la objeción obvia: "¿Qué diremos entonces? ¿Que hay injusticia en Dios?" Y responde con la imagen del alfarero: "¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?"

¿Qué hacemos con esto? ¿Cómo reconciliamos "escoge la vida" con "predestinado antes de la fundación del mundo"? ¿Es la elección humana real, o es ilusión—un teatro donde los actores creen improvisar pero siguen un guión escrito desde la eternidad?

Esta tensión ha dividido al cristianismo durante siglos. Calvinistas y arminianos, agustinianos y pelagianos, deterministas y libertarios—cada uno enfatizando un lado de la paradoja, cada uno con textos que lo respaldan.

Quizás la resolución no esté en elegir un lado sino en sostener ambos.


Hay una verdad que puede iluminar esta paradoja: el Creador, para conocerse a Sí mismo, otorgó libertad total a cada porción de Su ser. Esta es la primera y más fundamental característica de la creación—anterior a la luz, anterior al amor manifestado, anterior a toda forma. Libertad. Absoluta, total, inviolable libertad de elección.

¿Por qué? Porque sin libertad no hay conocimiento real. El Creador no quiso conocerse a través de autómatas que siguieran programaciones fijas. Quiso conocerse a través de seres que eligieran libremente—que pudieran decir sí o no, que pudieran amar o rechazar, que pudieran crear sus propios caminos.

Esto significa algo extraordinario: ni siquiera el Creador impone Su voluntad sobre las partes de Sí mismo. No porque no pueda, sino porque hacerlo contradiría el propósito mismo de la creación. La libertad no es un regalo que pueda ser revocado. Es la condición fundamental sin la cual nada de esto tendría sentido.

Pero entonces, ¿qué significa "predestinado antes de la fundación del mundo"?

Quizás significa esto: antes de encarnar, en un estado de mayor consciencia, cada ser participa en el diseño de su propia vida. Elige los padres, las circunstancias, los desafíos que enfrentará. Programa el catalizador que necesita para aprender lo que vino a aprender. En ese sentido, hay un destino—un patrón elegido, una trayectoria diseñada.

Pero no hay predestinación en el sentido de que las elecciones dentro de la vida estén fijadas de antemano. La vida es maleable como arcilla fresca. El patrón puede ser seguido o abandonado. Las lecciones pueden ser aprendidas o evadidas. La libertad permanece intacta en cada momento.

Hay destino, pero no predestinación. Hay diseño, pero no determinismo. Hay un plan, pero el plan incluye la libertad de desviarse del plan.


¿Por qué es necesario el velo del olvido? ¿Por qué no recordamos quiénes somos, de dónde venimos, qué elegimos antes de nacer?

Porque si lo recordáramos, la elección perdería su peso.

Imagina que pudieras ver claramente que todo es uno, que servir a otros es servirte a ti mismo, que el amor es la única realidad, que la separación es ilusión. ¿Qué mérito tendría entonces elegir el amor? Sería simplemente reconocer lo obvio. No requeriría fe. No desarrollaría fortaleza. No forjaría carácter.

La confusión no es un defecto del diseño. Es el diseño. La incertidumbre que experimentas, la dificultad de saber qué es verdad, el desafío de encontrar tu camino—estas no son fallas a corregir sino condiciones que hacen posible la elección genuina.

En la claridad total no hay fe. En la certeza absoluta no hay coraje. El olvido crea el espacio donde tus decisiones tienen consecuencias reales, donde tu elección significa algo, donde te conviertes en el creador de tu propia experiencia.

Esta es la paradoja hermosa: la limitación es libertad. El velo que te separa del conocimiento directo es el mismo velo que hace tu elección poderosa. Lo que parece prisión es en realidad el campo de juego donde se forja el alma.


Pero hay un peligro en este campo de juego. No es elegir mal—ambos caminos, el del servicio a otros y el del servicio a sí mismo, son evolutivamente válidos, aunque uno genere más luz y el otro más sufrimiento. El verdadero peligro es no elegir en absoluto.

El libro de Apocalipsis contiene una advertencia que debería estremecer: "Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca."

Ojalá fueses frío o caliente. Preferible el frío al tibio. Preferible la elección equivocada a la no-elección.

¿Por qué? Porque quien elige—aunque elija pobremente—está comprometido con algo. Está en movimiento. Puede aprender, corregir, crecer. Pero quien no elige está estancado. Camina alrededor del borde de la rueda sin avanzar hacia el centro. Come y bebe y busca comodidad sin despertar jamás a la pregunta central de la existencia.

Hay un pozo de indiferencia entre los dos caminos. Allí habitan quienes no han elegido—no por sabiduría sino por evasión. No sirven a otros con consistencia, ni sirven a sí mismos con dedicación. Simplemente existen, reaccionando a circunstancias, siguiendo patrones sin consciencia.

Estos son, quizás, los más dignos de compasión. No porque sean malos—pueden ser personas agradables según los estándares sociales. Sino porque están desperdiciando la oportunidad única que esta vida representa. El indiferente no pierde nada excepto todo.


Los dos caminos no son simplemente "bueno" y "malo" en el sentido moral convencional. Son dos orientaciones fundamentales del ser—dos formas de relacionarse con el universo.

Una orientación radia hacia afuera. Pregunta: ¿cómo puedo servir? ¿Qué puedo dar? ¿Cómo puedo contribuir al bienestar de otros? Ve a cada persona como parte del mismo tejido, digna de amor y atención. Busca la unidad a través del servicio.

La otra orientación absorbe hacia adentro. Pregunta: ¿qué puedo obtener? ¿Cómo me beneficia esto? ¿Cómo puedo controlar esta situación para mi ventaja? Ve a otros como herramientas o obstáculos. Busca el poder a través del control.

Ninguna orientación es "incorrecta" en el sentido cósmico—ambas son formas en que el Creador se conoce a Sí mismo. Pero las experiencias que generan son radicalmente diferentes. El camino de la radiación genera más luz, más amor, más gozo en el trayecto. El camino de la absorción genera más sufrimiento, más conflicto, más aislamiento.

La elección no se hace una vez, dramáticamente. Se hace a través de incontables decisiones pequeñas a lo largo de muchas vidas. ¿Cómo trato a otros? ¿Los veo como yo mismo, dignos de amor y servicio? ¿O los veo como objetos a manipular? El peso acumulado de estas elecciones determina la orientación. La consistencia de la orientación determina hacia dónde avanzas.


El alfarero y el barro. La imagen de Pablo parece sugerir pasividad total—el barro no tiene voz en lo que el alfarero hace con él.

Pero considera esto: ¿y si el barro, antes de ser barro, eligió ser moldeado? ¿Y si la arcilla, en un estado previo de consciencia, diseñó junto con el alfarero la vasija que llegaría a ser? ¿Y si la predestinación no es imposición externa sino elección olvidada?

El yo superior—esa porción de ti que existe fuera del tiempo, que ve todas tus encarnaciones simultáneamente—participa en el diseño de cada vida. Elige las lecciones. Programa los encuentros. Prepara el catalizador. En ese sentido, hay un plan. Pero el plan fue tu plan, elegido en libertad, antes de que el velo descendiera.

Y dentro de la vida, la libertad permanece. Puedes seguir el plan o resistirlo. Puedes aprender las lecciones o evadirlas. Puedes convertirte en la vasija de honra que elegiste ser, o puedes—por tus propias elecciones dentro del tiempo—convertirte en algo diferente.

El alfarero no forza. El alfarero invita. Y el barro, milagrosamente, tiene voz.


Somos co-creadores. Esta es quizás la verdad más asombrosa y más difícil de aceptar. No somos solo criaturas pasivas esperando que Dios decida nuestro destino. Somos participantes activos en la creación de nuestra realidad.

La porción de ti que es co-creador es la porción que comenzó esta encarnación como voluntad pura—caótica, indómita, libre. Esa voluntad, dirigida y refinada a través de tus elecciones, se convierte en el instrumento con el que esculpes tu ser.

Dios no está en tus manos—tú estás en las manos de Dios. Pero dentro de esas manos, tienes libertad de movimiento. Puedes cooperar con el moldeado o resistirlo. Puedes rendirte al diseño o luchar contra él. La arcilla no escapa del alfarero, pero la arcilla sí decide cuán suave o cuán dura será bajo sus manos.

"Escoge la vida." La invitación sigue abierta. Los cielos y la tierra siguen siendo testigos. Ambos caminos siguen disponibles.

¿Qué elegirás hoy?

No mañana, cuando las circunstancias sean mejores. No cuando tengas más claridad, más fe, más fuerza. Hoy. En este momento. Con esta decisión que tienes frente a ti ahora mismo—pequeña o grande, visible o invisible.

Cada elección es una declaración. Cada decisión es un voto sobre qué tipo de universo quieres habitar. La suma de tus votos determina tu destino—no porque alguien te lo imponga, sino porque tú lo has creado, elección por elección, momento por momento.

El Creador te dio la libertad de elegir. Úsala.

Es suficiente.